Charles Dickens



Las últimas semanas he estado de mudanza, lo que significa, como sabéis, coquetear con la idea de destruir toda tu biblioteca y reducir a la mitad el volumen de tus pertenencias y el riesgo de contracturas. Sin embargo, me vi obligado a desechar la idea en seguida porque, puesto que muchos de los libros que acumulaban polvo en mis estanterías no son míos y están esperando el momento de que los devuelva a sus legítimos propietarios, destruirlos habría comportado una conducta delictiva por mi parte, aun teniendo en cuenta que retenerlos a plazo ilimitado no es mucho mejor –me avergüenza confesar que uno de mis amigos, el editor Dani Osca, puede considerarse el accionista mayoritario de mi librería–. Pero si hubiera querido encontrar alguna otra razón para no destruir todos esos libros, una de las más poderosas habría sido la enorme dificultad de desprenderse de varias novelas de Charles Dickens. La explicación es que tengo preferencias literarias muy convencionales, y creo que la canónica obra de Dickens es tan buena que merece estar en todas las casas aunque cueste alguna que otra contractura de más.

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