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"Steiner o las cosas que hacíamos en Checoslovaquia", de Martin Fahrner
"Carpas para la Wehrmacht", de Ota Pavel
He hecho un dibujo nuevo para la tercera edición de Carpas para la Wehrmacht, un libro que enamoraría a cualquiera.
Cerco, segunda parte
He dibujado la portada de la segunda parte de la trilogía Cerco, de Carl Frode Tiller. El enlace a la información del libro lo tenéis aquí.
Literal
El año pasado hubo una exposición de cubiertas de libros en la Fira Literal. Los organizadores eligieron dos cubiertas mías (Aires nuevos y Cerco) y me hicieron muy feliz.

"Alfa, Bravo, Charlie, Delta" de Stephanie Vaughn
Otra portada para Sajalín. Los amantes de los relatos no deberían perderse este libro. Ojalá Stephanie Vaughn publique su novela, o cualquier otra cosa, pronto. Pero si no publicara nada más no habría nada que reprocharle. Como dijo Machado, "el arte es largo y, además, no importa".
"Cerco", de Carl Frode Tiller
He hecho este dibujo para la portada de Cerco, de Carl Frode Tiller, novela que os recomiendo y sobre la que encontraréis información aquí.
En el proceso de elegir el dibujo definitivo intervinieron tres ideas. En primer lugar, quería ilustrar un aspecto muy llamativo y central de la novela: la omnipresencia y al mismo tiempo "omniausencia" de su protagonista. Cuando leáis la novela lo entenderéis. En segundo lugar, me parecía que el paisaje tenía su importancia: Cerco es en gran medida una novela sobre cómo amoldar ciertas expectativas a la vida de una ciudad pequeña de Noruega, se diría que bastante parecida, por cierto, a cualquier ciudad de provincias o suburbio relativamente bienestante del norte de Europa. Por último, los tres personajes centrales pertenecen a una generación que llegó a la mayoría de edad al arrancar la década de los noventa, más o menos, y son esos años de sus vidas los que más interesan a Tiller. Usé esto de excusa para dar al dibujo un aire de cómic estadounidense indie de los noventa, lo que en mi cabeza no necesariamente experta significa línea clara y colores planos.
"La repetición", de Ivica Djikić
He hecho este dibujo para la portada de La repetición, la última novela de Ivica Djikić. Estará a la venta el próximo 6 de julio.
La tumba del tejedor, 2a edición
Muy pronto llegará a las librerías la segunda edición este librito mayúsculo con nueva ilustración de cubierta. Si tenéis la suerte de no haberlo leído todavía, no dejéis pasar la oportunidad.
"Carpas para la Wehrmacht", de Ota Pavel
Sajalín publica este libro de Ota Pavel, una de mis personas favoritas, y he hecho la ilustración de portada.
Pavel, antes que escritor "literario", fue cronista deportivo. Sus reportajes sobre famosos deportistas checos le habían dado cierta notoriedad. Según parece, los artículos eran tan buenos y sentidos que cuando los propios deportistas los leían rompían a llorar. En Innsbruck, adonde lo habían mandado a que cubriera las Olimpiadas de invierno, enloqueció. Se cuenta que lo que detonó el brote fue lo siguiente.
Toda la República Checa estaba convencida de que en aquellas Olimpiadas de 1964 su brillante selección de hockey se llevaría el oro. Pero no lo hizo: perdieron en semifinales contra Suecia, y luego tuvieron que disputarse el tercer lugar con Rusia. Aunque ganaron a los rusos, al terminar el partido cundía el desánimo entre los jugadores checos. Como es habitual, varios periodistas se habían colado en el vestuario a la caza de declaraciones de los jugadores, y entre ellos Pavel. Este, viendo a uno de los deportistas especialmente compungido, se le acercó y, con la intención de consolarlo, le dijo que se animara, que al fin y al cabo habían ganado el bronce. El jugador le respondió algo así como "ojalá te hubieran gaseado, judío".
Pavel ya no volvió a ejercer el periodismo, pero a cambio se dedicó a escribir sus recuerdos más felices y legó, a quien quisiera leerlos, libros tan bonitos como Carpas para la Wehrmacht, y Cómo llegué a conocer a los peces, en cuyo precioso epílogo (que podéis leer aquí traducido por Patricia Gonzalo de Jesús) explicó en cuatro palabras las circunstancias de su llegada a la literatura.
Work in progress
Estoy trabajando en una ilustración para la cubierta de un libro que muy pronto publicará Sajalín, Carpas para la Werhmacht de Ota Pavel.
"Los reyes del jaco", de Vern E. Smith
Os presento Los reyes del jaco de Vern E. Smith, un clásico del género criminal que he tenido la suerte de traducir. He hecho además un par de dibujos para ilustrar la faja que reúnen tres elementos importantes de la novela: los bloques de viviendas suburbiales, los peinados a lo afro y los tiros. Los reyes del jaco gustará a los apasionados de la novela criminal norteamericana, y a quienes vieron la serie The Wire y pensaron como yo que se trataba de una de las mejores cosas vistas en televisión desde la invención de dicho electrodoméstico. Aquí encontraréis toda la información acerca del libro.
PD: El señor de la foto de cubierta es un tal Walter Hamm. El señor Hamm no era de Detroit, y tampoco creo que se dedicara al tráfico de droga ni fuera ningún "rey del jaco", como los editores de Sajalín (y de una editorial escocesa) se han esforzado en dar a entender. El señor Hamm era de Pittsburg y regentaba una peluquería. Ignoro la razón de que posara de esa manera para un fotógrafo del periódico local, pero seguro que no lo hizo para figurar en la portada de una novela sobre traficantes de heroína de Detroit y que la posteridad lo recordara como un maleante de primera. A veces la posteridad es arbitraria y cruelmente injusta.
"Aires nuevos", de Peter Kocan
Esta semana llega a las librerías una novedad
de Sajalín editores, Aires nuevos de Peter Kocan, novela que, además de ilustrar la cubierta, he tenido el placer de
traducir. Dado que es un libro que aprecio de forma especial, no quisiera
desaprovechar la ocasión de satisfacer en alguna medida la curiosidad de los
lectores a quienes Peter Kocan, publicado ahora por primera vez en castellano,
haya despertado interés. (Podéis leer el primer capítulo íntegro aquí.)
Aires nuevos es una
novela autobiográfica. Esto significa solamente que la peripecia del protagonista,
tan ficticia o tan poco como pueda serlo la de cualquier personaje de novela
—los escritores saben que verificar la correspondencia de sus narraciones con
la realidad escapa a las posibilidades de sus lectores—, se parece mucho a la
peripecia biográfica del autor. Y la biografía de Peter Kocan está señalada por
un episodio muy llamativo: en 1969, a la edad de diecinueve años, en
condiciones cercanas a la mendicidad y afectado por un grave trastorno mental, Kocan
fue sentenciado a cadena perpetua por el intento de asesinato de Arthur
Calwell, candidato laborista a la presidencia de Australia, a quien disparó con
una escopeta a través de la ventanilla del coche en que el político iba a
abandonar un mitin e hirió en la cara. Sin embargo, en el
psiquiátrico penitenciario, el adolescente trastornado, caso perdido de quien
no cabía esperar otra cosa que el ostracismo y su desaparición de la vida
pública extraviado para siempre en los engranajes de la máquina penitenciaria,
adoptó el hábito de ocupar las horas de encierro leyendo, y más tarde
escribiendo, hasta que comenzó a publicar poemarios y novelas y, con los años,
a recibir importantes premios literarios.
La historia, pues, con que se asociará por
siempre a Peter Kocan y todos sus libros es la del chico perturbado que un día
se ganó la atención de la opinión pública por un acto de pura y ciega violencia
y, tras cumplir una condena rebajada, regresó a la vida en sociedad como
escritor laureado. Esta es la historia que despertó mi curiosidad y la de los
editores de Sajalín, y la que imagino que ahora atraerá a
algunos lectores hacia la recién publicada Aires
nuevos. Sin embargo, no me parecería razonable que una biografía tan
llamativa ensombreciera una extraordinaria novela que se tiene en pie por sí sola.
El protagonista de Aires nuevos, trasunto del adolescente Kocan, es un chico de catorce años a quien su madre fuerza a buscar
trabajo en el campo y progresivamente abandona. Sus circunstancias,
a las que se añade la huida de un padrastro violento, guardan parecido con las
del Huckleberry Finn de Twain o las del David Copperfield de Dickens; más con
las del héroe dickensiano en cuanto a la negrura de expectativas. Pero el chico
de Kocan carece del candor, la entereza y habilidad social de aquellos; tampoco
posee el don de los huérfanos de Twain de sortear la adversidad ejerciendo esa
gozosa libertad propia de la infancia imaginada como dichoso estado de naturaleza,
ni ha conocido nunca, como sí ocurría con David Copperfield, a nadie que lo
amparara o en cuya compañía se sintiera pleno y feliz. Introvertido, desposeído
e ignorado, el único asidero del chico en este mundo son ciertos
personajes e ideas que su imaginación se apresura a moldear.
Uno de los personajes a los que más recurre es
Diestl, soldado alemán protagonista de cierta película bélica. El chico invoca
su ejemplo siempre que las dificultades apremian. Derrotado el ejército alemán,
Diestl se encuentra en terreno enemigo, solo y herido, avanzando renqueante por
una carretera desolada a través de un mundo en ruinas. Lo ha perdido todo, no
cree que nada bueno le espere, y pese a ello avanza sin cesar, con el ánimo
gélido y preparado para apretar el gatillo del fusil Schmeisser ante cualquier
amenaza. En ocasiones en que el chico se ve obligado a dar un paso demasiado
difícil, trata de figurarse lo que Diestl haría en su lugar, lo imita, imagina
que el soldado le habla y da consejos; le gusta creer que el fuerte Diestl lo
acompaña. Pero otras veces la aspereza del soldado alemán le asusta hasta
resultarle insoportable. En esos momentos, echado en el catre de un frío y
húmedo cobertizo de una casa de labranza, o encerrado en una habitación de una
pensión sórdida, recurre a las fotografías de Grace Kelly que atesora y las contempla largamente, figurándose que la actriz le devuelve su hermosa mirada de ojos azules.
De este modo recuerda que, pese a toda la sordidez y aspereza del camino que
tiene ante sí, existe esa belleza en el mundo, y esta certeza le proporciona el
mayor consuelo.
A medida que el periplo avanza y nuevas
personas se cruzan en el camino del chico —algunas de ellas tan fascinantes
para él como el granjero pobre Clem Currey, apegado a un admirable código de
valores, o Meredith Blackett, quinceañera díscola hija de una familia de
rígidas creencias religiosas—, vemos como su universo simbólico gana en
complejidad y va cobrando forma. Sin embargo, desvalido y temeroso, las
circunstancias arrastran al chico como un vendaval y sus expectativas cambian
al mismo ritmo. Cuando las cosas se tuercen, Diestl asoma en el horizonte
como un heraldo negro cada vez más real; y cuando el chico se siente vencido
por el desaliento, conjura al fantasma del valeroso rey Harold, al mando
de los sajones en la batalla de Hastings, caído junto a su pueblo en el combate
contra los normandos, símbolo de la trágica destrucción a la que irremisiblemente se
dirigen todos los héroes auténticos. Muy despacio, de forma natural y casi
imperceptible —hay que ver en ello el talento de Kocan y uno de los mayores
logros de la novela—, los contornos del mundo comienzan a desdibujarse: cosas
que sabíamos imaginarias, por momentos adquieren apariencia de realidad y,
recíprocamente, ciertas realidades se antojan cada vez más fantasmales. Es así
como el espectro de un acto terrible comienza a cernerse sobre el chico en forma de inaplazable imperativo.
Aires
nuevos es el relato de una experiencia muy dura, triste e
injusta. Esto no debería espantar a nadie. Peter Kocan tiene el talento, que
tantos escritores persiguen infructuosamente, de invocar con la escritura un
mundo real, fascinante, brutal y perturbador como la vida misma. En Aires nuevos, el quebradizo muro que
separa la realidad del ensueño, la razón de la sinrazón, se derrumba de la
forma más persuasiva y conmovedora que he tenido ocasión de leer en un libro.
Uno no sabe explicar por qué lee novelas, pero sí sabe que leyéndolas satisface
el deseo de explorar incansablemente con las luces
de la inteligencia todos los recovecos de la existencia humana, incluidos los
más sombríos. En las oscuridades de los seres humanos y de la relación entre ellos suele esconderse el fondo de los asuntos
morales, esas piedras en el camino con las que todos tropezamos. ¿Acaso no
sabemos qué les ocurre a los locos? Peter Kocan pertenece a la estirpe de los
mejores escritores de su tiempo, y Aires nuevos resplandece en la constelación de la gran literatura sobre la infancia desdichada.
Frederic Manning
Este retrato de Frederic Manning aparece en la solapa de Los favores de la fortuna, clásico de la Gran Guerra editado recientemente por Sajalín. Es una novela excelente. A continuación el texto de la contraportada:
El soldado raso Bourne, voluntario del ejército británico destinado al Somme, no es como los demás: su poca presencia física y su manera respetuosa de hablar indican que se trata de un hombre educado y de buena posición. En el ejército, Bourne es una anomalía que sus superiores insisten en corregir ofreciéndole promoción. Pero Bourne, sin heroísmo, sin convicciones, de un modo que a todos resulta enigmático, se resiste a abandonar a sus compañeros y a librarse del sombrío destino reservado a quienes combaten en el lodazal del Somme bajo una lluvia de acero.
Publicada por primera vez en 1929 con seudónimo -debido al carácter escandaloso de su crudo realismo y de su fiel reproducción del lenguaje soez de los soldados-, Los favores de la fortuna se nutre de las experiencias de Frederic Manning como soldado raso en la batalla del Somme -la más sangrienta de la historia del ejército británico- y de un talento literario único. Considerada hoy en día un clásico indiscutible de la literatura de la Gran Guerra, suscitó encendidos elogios de ilustres como T. E. Lawrence, T. S. Eliot, E. M. Forster, Ezra Pound y Ernest Hemingway, quien afirmaba leerla todos los años «para recordar cómo fueron realmente las cosas, de manera que nunca tenga que mentirme ni a mí ni a nadie sobre esto».
Publicada por primera vez en 1929 con seudónimo -debido al carácter escandaloso de su crudo realismo y de su fiel reproducción del lenguaje soez de los soldados-, Los favores de la fortuna se nutre de las experiencias de Frederic Manning como soldado raso en la batalla del Somme -la más sangrienta de la historia del ejército británico- y de un talento literario único. Considerada hoy en día un clásico indiscutible de la literatura de la Gran Guerra, suscitó encendidos elogios de ilustres como T. E. Lawrence, T. S. Eliot, E. M. Forster, Ezra Pound y Ernest Hemingway, quien afirmaba leerla todos los años «para recordar cómo fueron realmente las cosas, de manera que nunca tenga que mentirme ni a mí ni a nadie sobre esto».
'El canguro alcohólico' de Kenneth Cook
Aquí tenéis el tercer y último volumen de los relatos humorísticos de Kenneth Cook que he tenido el placer de traducir e ilustrar. La contraportada dice:
"En la pequeña localidad de Walgett, lugar donde transcurrió
una parte importante de la infancia de Kenneth Cook, había un viejo llamado
Benny que tenía como mascota un enorme canguro muy dado a aporrear a su anciano
dueño alternativamente con las patas y la cola. De acuerdo a esta inclinación
pugilística, el viejo Benny puso al canguro el nombre de Les, inspirándose en
un célebre boxeador de la época. En la apacible comunidad de Walgett, Les no
suponía un problema para nadie salvo para su amo; sin embargo, ciertas
circunstancias impulsaron al canguro a darse a la bebida, y fue así como Les se
convirtió en un peligro público. Este episodio, recuerda Cook, supuso su
primera confrontación con una persistente verdad que toda su experiencia
posterior en innumerables viajes por el Outback australiano no hizo más que
confirmar una y otra vez: en la dicotomía entre naturaleza y cultura, al
contrario de lo que pensaron filósofos como John Locke o Jean-Jacques Rousseau,
la naturaleza no es la parte inocente y buena, y el ser humano tuvo muy buenas
razones para alejarse de ella. En El
canguro alcohólico, tercer y último volumen de un vasto anecdotario con el
Outback australiano como escenario, Kenneth Cook vuelve a dar cuenta de la
aberrante fauna humana y animal que habita ese continente a medio camino entre
lo silvestre y lo civilizado, en el que no es extraño encontrarse con ratones
antropófagos, avestruces enloquecidos, escuadrones de rescate suicidas o
emprendedores indigentes."
En posts anteriores he colgado algunas de las ilustraciones del libro para que las veáis mejor.
De ratones y topos
"—Bueno, así que me adentré en el desierto. Los
demás guerreros me siguieron remolones y pasamos los siguientes trece días
recogiendo ratones y topos. Los metíamos en redes, y aunque muchos nos los
comimos, no tuvimos problema en entregar a mi abuelo una cantidad incluso mayor
de la que había pedido.
No pude dejar de preguntar:
—¿Un buen bocado, Bill?
—A mí el topo asado me encanta—respondió—,
pero solo si se prepara con muchas hormigas de miel. El ratón, por su parte, es
como la codorniz, demasiado huesudo. Sin embargo —prosiguió, levantando el dedo
gordo del pie derecho en señal de advertencia—, nos estamos desviando del tema.
—Perdone, Bill."
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